Sanen a los enfermos que haya allí y díganles: ‘El reino de Dios se ha acercado a ustedes’.

Lucas 10:9

 

Las iglesias llevan mucho tiempo en primera línea de la prestación de servicios de salud, médicos y psicológica a las comunidades en las que desarrollan sus ministerios. Aún a día de hoy, especialmente en África y Asia, y a través de las redes de asociaciones de salud cristianas, los servicios de atención de salud de las iglesias siguen prestando servicio a la población, incluso en algunas de las comunidades más remotas y vulnerables.

 

La salud pública también ha sido ¾y sigue siendo¾ una de las preocupaciones principales del Consejo Mundial de Iglesias (CMI). La antigua Comisión Médica Cristiana (CMC) del CMI se creó en 1967 para acompañar y ayudar a coordinar los ministerios de salud y sanación de las iglesias miembros del CMI, centrándose en la promoción y defensa de los programas comunitarios de atención de salud. Surgieron otras iniciativas ecuménicas para abordar otras cuestiones acuciantes en el ámbito de la salud pública, como la Red Farmacéutica Ecuménica (EPN, por su sigla en inglés), las Iniciativas Ecuménicas y Acción Mundial sobre el VIH/SIDA (EHAIA) y la campaña sobre el VIH y el sida de la Alianza Ecuménica de Acción Mundial (AEAM), y el movimiento ecuménico participó intensamente en la respuesta a la pandemia mundial de la COVID-19.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF adoptaron en 1975 los principios en los que se basa la promoción de la atención de salud comunitaria del CMI, bajo la rúbrica de Atención Primaria de Salud (APS). En 1978, la CMC del CMI estuvo estrechamente asociada a la elaboración de la Declaración de Alma-Ata, con su visión de “salud para todos”, e identificando la APS como la clave para la consecución de este objetivo. A este respecto, recordamos la declaración del Comité Ejecutivo del CMI de 2018 sobre “Testimonio y acción ecuménicos por una atención primaria de salud para todos: 40º aniversario de la Declaración de Alma-Ata”.

 

Este legado de liderazgo ecuménico en favor de la salud pública es ahora continuado por la recién establecida Comisión de las Iglesias para la Salud y la Sanación (CCHH, por su sigla en inglés) del CMI.

 

En esta labor, el CMI ha mantenido estrechas relaciones con organismos internacionales clave en el ámbito de la salud pública mundial, especialmente la OMS y ONUSIDA.

 

En los últimos 20 años, la comunidad mundial ha hecho más accesible la asistencia de salud para las comunidades vulnerables y marginadas. Se han logrado avances significativos y se han salvado millones de vidas. Sin embargo, en la actualidad se están reduciendo considerablemente las inversiones en salud, desarrollo y ayuda humanitaria. Esto está afectando a los programas e iniciativas centrados en el VIH, la malaria, la tuberculosis y muchos otros programas que se están llevando a cabo en el contexto

de los objetivos de desarrollo sostenible, como los programas de salud materno-infantil, salud reproductiva y nutrición, así como los de enfermedades crónicas. También hay un impacto en las personas mayores, que encontrarán aún más dificultades para acceder a una atención adecuada. Hay una reducción ¾y, en algunos casos, una retirada completa¾ del apoyo a instituciones internacionales de salud pública como la OMS y ONUSIDA, así como a la investigación, el seguimiento y la coordinación de muchos procesos mundiales, lo que se traduce en el debilitamiento y el desmantelamiento de servicios de salud importantes. Las guerras y la violencia constantes dificultan gravemente la prestación de servicios y el acceso a la medicación y la atención. La incapacidad de la comunidad internacional para resolver estas crisis tiene profundas consecuencias para la salud y el bienestar de la población de estas regiones y de otras. Debido al creciente sentimiento de inseguridad, las naciones movilizan recursos para armarse y dar prioridad a la seguridad y la defensa en detrimento de los compromisos para fortalecer a las comunidades, su salud y su desarrollo.

 

Tenemos el don de la esperanza que perdura incluso en los momentos más difíciles. Nuestra vocación es proporcionar esperanza para la salud de las personas y las comunidades. Responder adecuadamente ahora es una tarea generacional. Como iglesias y comunidades religiosas, instamos a los gobiernos y a la comunidad internacional a que adopten medidas prácticas coherentes y sostenibles para marcar una diferencia significativa en la vida de las personas.

 

Por consiguiente, el Comité Central, reunido en Johannesburgo, Sudáfrica, del 18 al 24 de junio de 2025, interpela a las iglesias miembros del CMI y a los asociados ecuménicos a:

 

· reflexionar y movilizar en oración la contribución que la iglesia puede hacer para construir comunidades de sanación, empezando por nuestras vidas personales, nuestras familias y nuestras congregaciones.

· construir comunidades que escuchen, se preocupen y compartan, que sean espacios seguros y sagrados que promuevan la dignidad, la salud y el bienestar de todas las personas, prestando especial atención a las más vulnerables.

· participar en acciones directas de incidencia: reunirse con representantes del gobierno para reclamar más fondos y medidas en materia de salud, clima y justicia social.

· mantener y reafirmar el compromiso con los ministerios históricos y esenciales de salud y sanación de las iglesias.

· comprometerse con la comunidad de atención de salud y desarrollar formas de hacer más asequibles y accesibles los servicios cristianos de atención de salud, especialmente en aquellas zonas donde nadie más ofrece este servicio.

· implicar a las iglesias en el cuidado de las personas necesitadas de nuestra comunidad, por ejemplo, para ayudar a crear resiliencia a la hora de contrarrestar los efectos del cambio climático sobre la salud y llevar a cabo programas de atención a domicilio que aporten sanación en medio de la crisis.

· movilizar a las comunidades religiosas: animar a las congregaciones a orar por estas causas, encarnarlas, ofrecer formación y emprender acciones concretas en su apoyo.

· utilizar las nuevas tecnologías de forma responsable, ya sea para la comunicación, la asistencia o la incidencia.

· asociarse con iniciativas locales y mundiales: reforzar la colaboración con organizaciones humanitarias, grupos de la sociedad civil y redes internacionales que trabajan por la justicia, la unidad, la reconciliación, la sanación y la paz.

 

El Comité Central también hace un llamado a:

· que los países den prioridad a la salud en los presupuestos nacionales para aumentar y mantener el financiamiento nacional de salud.

· que se tomen medidas para garantizar la sostenibilidad de los servicios de salud esenciales en los países para los que las recientes reducciones han supuesto una dificultad particular.

· que los países aumenten sus contribuciones a las instituciones de salud multilaterales, como la OMS, el Fondo Mundial, Gavi, ONUSIDA y el UNFPA, para reforzar la preparación y la respuesta a las crisis de salud mundiales y promover la equidad en materia de salud mundial.

· que se financien centros regionales de fabricación de vacunas, diagnósticos y medicamentos esenciales, con el fin de apoyar la fabricación local y la resistencia de la cadena de suministro.

 

El Evangelio nos llama a superar el miedo y a ser portadores de esperanza y transformación en nuestro mundo. En su narración de la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30-37), Jesús nos ofrece un ejemplo de cómo debemos responder los unos ante los otros como prójimos. Alcemos nuestras voces y unamos nuestras manos, asegurándonos de que nuestras iglesias y gobiernos actúen con valentía y justicia en las áreas críticas que contribuyen a la salud y la sanación de las personas y la creación. Que encarnemos el amor de Cristo por las personas más vulnerables y trabajemos por un futuro de sanación, justicia y paz para todos.