Con 32 años, esta madre de dos niñas ya había soportado ocho años de matrimonio con un esposo casi siempre borracho que le propinaba unas palizas brutales.
“Yo salía corriendo por la puerta del jardín hacia la casa de mi suegro, con mi marido pisándome los talones. Mi suegro me escondía en una habitación y echaba a su hijo de allí”, cuenta Nthenya, “Allí tenía que quedarme durante días. A veces tres o cuatro…o incluso una semana”.
“El año pasado, habíamos hecho las paces, pero cuando le pedí que me devolviera un dinero que le había prestado, volvió a darme una paliza. Cuando recobré la conciencia estaba ingresada en el hospital. Allí llevaba dos meses. Cuando me recuperé, reuní el valor de dejarle”, relata.
Este tipo de violencia es la que busca erradicar los Jueves de negro, un movimiento mundial que se opone a las violaciones y la violencia, prácticas comunes en África.
En los últimos años, los miembros de las iglesias del continente se han unido al movimiento, vistiendo de negro o luciendo las insignias de la campaña en sus lugares de trabajo y en las iglesias.
Brian Muyunga, secretario ejecutivo de juventud de la Conferencia de Iglesias de Toda el África, es el embajador del movimiento en África.
“La insignia siempre me recuerda a las muchas mujeres que sufren abusos; es por ellas por quien deben hablar las iglesias y el mundo entero”, dice Muyunga, que da a conocer el movimiento en reuniones formales e informales.
Los responsables de la campaña afirman que el movimiento está haciendo que las iglesias amplíen sus esfuerzos colectivos contra la violencia sexual y de género, y fomentando la solidaridad ecuménica en torno a este desafío.
“Participo todos los jueves. Creo que es un llamado importante para poner fin a todas las formas de violencia sexual y de género, pero también para promover los valores fundamentales de paz, justicia y dignidad”, declara Ann Kioi, directora del Departamento de Género, Mujer, Juventud y Población Sostenible de la Conferencia de Iglesias de Toda el África.
Según Kioi, el movimiento ha creado un espacio visible, profético y de oración desde el cual las iglesias pueden posicionarse en contra de las violaciones de los derechos humanos e instar a la iglesia a actuar contra la violencia de género.
Destacando la importancia del movimiento, Anjeline Okola, coordinadora de programas de la Red Ecuménica de Defensa de las Personas con Discapacidad del Consejo Mundial de Iglesias, subraya que la violencia sexual se ha convertido en un arma de guerra, empleada para humillar, desplazar, dominar y destruir a las mujeres.
“Aquí, especialmente en las zonas de mayor conflicto, los cuerpos de las mujeres y las niñas ya no son víctimas colaterales de la guerra, sino el campo de batalla mismo”, afirma.
Okola observó que las mujeres y niñas con discapacidad son más vulnerables a las violaciones y a la violencia, pues su discapacidad limita su interacción con el entorno y, con ello, sus recursos para defenderse por sí mismas.
“En la mayoría de casos, los maltratadores son quienes las cuidan y las mantienen. Por lo que hay, además, una relación de poder y dependencia que complica aún más la situación”, afirma Okola.
La campaña se sostiene gracias a iglesias, organismos ecuménicos, universidades, organizaciones no gubernamentales y grupos de mujeres, según nos contó la Rev. Jackie Makena, y añadió que la mayoría de participantes son mujeres,
y que es necesario animar a los hombres a ver la justicia de género no como un “asunto de mujeres”, sino como una responsabilidad moral y social colectiva.
“Algunos hombres participan, sobre todo miembros del clero, líderes juveniles y activistas de la justicia de género, pero, en general, la participación masculina sigue siendo insuficiente”, afirma.
Makena reconoce que se aprecia un cambio de actitud, pero advierte de que la transformación estructural es muy lenta.