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Young people at the Asian Ecumenical Youth Assembly 2026 walking around the room with their hands on the shoulders of the person in front of them as they sing "We are marching in the light of God".
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En esta entrevista, Abigayle Bolado, responsable del programa de Participación de los Jóvenes del Consejo Mundial de Iglesias (CMI), nos brinda sus reflexiones sobre el espíritu del encuentro y el creciente llamado a la justicia y la rendición de cuentas.

¿Podría explicarnos en qué consistió la Asamblea Ecuménica de Jóvenes de Asia?

Bolado: La Asamblea Ecuménica de Jóvenes de Asia, organizada por la Conferencia Cristiana de Asia, una organización asociada al CMI, reunió a unos 200 jóvenes (de entre 20 y 35 años) de 22 países de toda la región en Chiang Mai (Tailandia), del 17 al 21 de abril. El tema de este año, “Rompe todo yugo”, basado en Isaías 58:6, sintonizó con los múltiples desafíos, la opresión, la esclavitud y las cargas que sienten los jóvenes en su vida cotidiana. La Asamblea Ecuménica de Jóvenes de Asia es una plataforma para que los jóvenes compartan sus historias, aprendan, celebren y se solidaricen con lo que viven otros jóvenes en otras partes de la región.

¿Qué ha sido lo más valioso que le ha aportado este encuentro?

Bolado: Cómo se hizo patente el efecto dominó que generan la geopolítica y la geoeconomía mundiales en la región y en cada país, en las vivencias de cada joven asistente, y en las comunidades marginadas, que son siempre quienes reciben el golpe más duro. La realidad de estos “yugos” ha hecho que la vida de los jóvenes en Asia sea difícil, desafiante y opresiva; desde los conflictos y las guerras, la migración y la salud mental, hasta los problemas sociales, económicos y ecológicos.

La asamblea reunió a jóvenes de diversos orígenes culturales y religiosos. ¿Hubo alguna conversación o momento en particular que destacara por ser especialmente impactante o transformador?

Bolado: Ser “resiliente” frente a todas las adversidades es un rasgo característico de la cultura asiática. En casi todas las conversaciones que mantuve, la idea de la resiliencia permaneció intacta. Sin embargo, mientras escuchaba sus historias, también me surgieron las siguientes preguntas: “¿Hasta cuándo vamos a depender de la resiliencia de las personas?, ¿cuándo empezaremos a exigir justicia y rendición de cuentas?”. De hecho, muchos de los retos a los que se enfrentan los jóvenes tienen su origen en la codicia y el egoísmo que dan lugar a la corrupción, la violencia y la explotación, lo que, a su vez, provoca guerras, pobreza, altas tasas de desempleo, falta de recursos para la educación y la sanidad, falta de espacios para la libertad de expresión e incluso la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas de la población, etc.

En los últimos años, muchos jóvenes asiáticos, incluidos los millennials y la Generación Z, han exigido rendición de cuentas a sus gobiernos o a las estructuras de poder en diferentes ámbitos de liderazgo. Esto demuestra que los jóvenes quieren rendición de cuentas, justicia y liberarse de los yugos que los atan. Romper todo yugo no debería ser solo responsabilidad de los jóvenes, sino una responsabilidad intergeneracional. En calidad de cristianos, deberíamos practicar lo que predicamos, no quedarnos confinados entre las paredes de nuestras iglesias, sino llevar la iglesia a nuestras comunidades, para compartir el amor de Cristo con quienes padecen la injusticia.

Además, de acuerdo con los relatos más personales que escuché, las injusticias siguen siendo un problema en algunas iglesias. Debemos ser conscientes de estas injusticias y actuar al respecto, por ejemplo, en lo que se refiere al liderazgo intergeneracional, muchos jóvenes siguen luchando por asumir roles de liderazgo en sus contextos. El liderazgo intergeneracional significa incluir a los jóvenes en los espacios de liderazgo para que se dé el aprendizaje mutuo, y no un enfoque unidireccional. En segundo lugar, los jóvenes trabajadores y dirigentes eclesiales, incluso quienes trabajan en las instituciones educativas de la iglesia, reciben salarios modestos, pero eso no significa que no deban cubrir sus necesidades básicas. En tercer lugar, las cuestiones de salud mental y LGBTQ siguen siendo tabú en algunas iglesias. Por último, destacaría cómo el contexto asiático glorifica el exceso de trabajo y el agotamiento en los espacios eclesiásticos y ecuménicos. Solo una aclaración: estos asuntos no se abordaron como temas principales del evento, pero se escucharon relatos al respecto durante las comidas y los descansos, y forman parte de sus realidades vividas.

¿Cómo espera que influyan las perspectivas y contactos que trae de Chiang Mai en su trabajo actual en el CMI?

Bolado: Dado que este evento es fundamental para comprender el contexto asiático, concretamente los países de los que no solemos oír hablar en las noticias internacionales —historias de 22 países, las vidas de 170 personas—, refuerza la solidaridad y la motivación para seguir caminando y trabajando con ellos; no solo para escuchar sus historias, sino para acompañarlos en su proceso de sanación y para diseñar las estrategias de nuestros programas y acciones. Muchas de estas realidades no son solo propias del contexto asiático, también se dan en otras regiones. Por eso, los Jóvenes del Movimiento Ecuménico seguiremos siendo un “movimiento”, cruzando nuestras fronteras, rompiendo todo yugo, compartiendo el amor de Cristo y siendo sus manos y sus pies en este mundo fragmentado. El trabajo nunca termina, pero a medida que caminamos juntos, de región en región, nosotros, como Cuerpo de Cristo, seremos un canal de justicia, amor, esperanza y paz, allá donde vayamos.

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Young people at the Asian Ecumenical Youth Assembly 2026 seated in a conference room
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