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Andrew Harper at the offices of Methodist Church in London

Andrew Harper, director general adjunto de Epworth Investment Management y la Junta Central de Finanzas de la Iglesia Metodista, frente al Methodist Central Hall en Westminster.

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¿Por qué están las iglesias y los inversores basados en la fe cada vez más enfocados en la responsabilidad climática de la banca?

Harper: Porque llega un momento en que el silencio se convierte en complicidad.

El cambio climático ya no es un riesgo futuro que se debate en salas de conferencias e informes anuales. Está cambiando vidas en estos momentos. Las comunidades pierden sus hogares a causa de inundaciones, se enfrentan a malas cosechas, soportan un calor extremo y viven con una creciente inestabilidad. Y, como siempre, los más pobres sufren primero y son quienes más sufren.

Los bancos no son espectadores de esta realidad. Las finanzas modernas contribuyen a decidir qué se construye, qué se expande y cómo es la economía del futuro. El capital no es neutral.

Durante años, las grandes instituciones financieras han hablado el lenguaje de la responsabilidad climática. Han publicado itinerarios, alianzas, objetivos y compromisos. Sin embargo, muchas siguen financiando la expansión de los combustibles fósiles que, en lo fundamental, no parece corresponderse con las ambiciones climáticas que respaldan públicamente.

Esa contradicción es importante desde el punto de vista moral.

Hay un momento impactante en los Evangelios en que Jesús entra en el templo y vuelca las mesas de los cambistas. Con frecuencia, se malinterpreta esta acción como un acto de ira hacia el propio comercio. No fue así. Se trataba de lo que ocurre cuando los sistemas construidos para estar al servicio de la vida, la justicia y el culto se convierten, por el contrario, en sistemas que ocultan la responsabilidad y protegen al poder.

Creo que, en la actualidad, muchas personas sienten cada vez más esa misma frustración. Existe una creciente sensación de que partes del sistema financiero se han vuelto extraordinariamente sofisticadas al hablar de responsabilidad mientras siguen oponiendo resistencia desde el punto de vista estructural a un cambio significativo.

¿Por qué debería importar esto a los inversores basados en la fe?

Harper: Porque la iglesia no puede predicar la justicia mientras permanece indiferente ante los sistemas que la debilitan.

La tradición metodista, a la que pertenezco, ha insistido siempre en que la fe debe tener consecuencias prácticas en la vida pública. John Wesley habló repetidas veces sobre la riqueza, la explotación y la responsabilidad moral. Él comprendió que la economía nunca es sólo economía porque los sistemas financieros siempre determinan las vidas humanas.

El cambio climático no es meramente una cuestión medioambiental. Se trata de la pobreza, el desplazamiento, el hambre, la desigualdad y la herencia que dejamos a las generaciones futuras.

Por consiguiente, como inversores basados en la fe, tenemos la responsabilidad de preguntar si las instituciones en las que invertimos están contribuyendo a que el mundo avance hacia un futuro más justo y sostenible, o a retrasar los cambios que la ciencia y la moral exigen cada vez más.

Y, francamente, hay momentos en que la mayordomía exige más que una preocupación cortés.

Algunas personas argumentan que los bancos simplemente responden a las realidades del mercado y la demanda energética. ¿Qué les responde?

Harper: Por supuesto que la transición es complicada. Ninguna persona creíble piensa que la sociedad abandona los combustibles fósiles de la noche a la mañana.

Pero la complejidad no puede convertirse en la justificación permanente de una contradicción. Lo que preocupa no es simplemente que los bancos financien la energía. Lo que preocupa es si las instituciones están diciendo una cosa públicamente mientras financian de manera privada otra realidad.

Si un banco se presenta como una entidad alineada con la lucha contra el cambio climático mientras sigue apoyando estrategias de expansión incompatibles con objetivos climáticos internacionalmente reconocidos, los inversores tienen todo el derecho de plantear preguntas serias sobre la integridad, la gobernanza y la responsabilidad.

El sector financiero se siente muy cómodo con el lenguaje de la sostenibilidad. La verdadera prueba es si ese lenguaje todavía significa algo cuando están en juego intereses comerciales genuinos.

¿Por qué ha llegado el momento de actuar?

Harper: Porque la época de la paciencia infinita llega a su fin.

Durante años, muchos inversores buscaron un compromiso discreto a puerta cerrada. Se hacían preguntas. Se celebraban reuniones. Se ofrecían garantías. Sin embargo, a escala mundial, las emisiones siguen aumentando y la expansión de los combustibles fósiles continúa a un ritmo que resulta muy difícil conciliar con la ciencia del clima.

En algún momento, la mayordomía tiene que ir más allá de simplemente documentar una preocupación.

Existe el peligro de que las finanzas sostenibles se conviertan en una especie de teatro moral: lenguaje sofisticado, divulgación de información gestionada de manera cuidadosa y compromisos refinados que dan una imagen de progreso mientras los comportamientos subyacentes cambian con demasiada lentitud. Los inversores basados en la fe tienen la responsabilidad particular de cuestionar esta situación.

Los profetas de las Escrituras rara vez fueron bienvenidos porque alteraban las narrativas cómodas. Insistían en que las personas se enfrentaran al desfase entre lo que afirmaban creer y cómo vivían en realidad. En muchos aspectos, esto no es tan diferente.

¿Qué espera lograr?

Harper: Responsabilidad. Claridad. Honestidad.

Queremos examinar concienzudamente si los compromisos climáticos se ven verdaderamente reflejados en las decisiones financieras, las estructuras de gobernanza y el comportamiento institucional. Pero, de una manera más amplia, queremos cuestionar el supuesto de que los mercados pueden separar indefinidamente el beneficio de las consecuencias morales.

Una de las grandes tentaciones en las finanzas es creer que la responsabilidad se diluye mientras pasa por sistemas, comités y balances generales. Que ninguna institución individual es verdaderamente responsable porque la responsabilidad se dispersa por el mercado.

Pero la crisis climática está exponiendo los límites de ese pensamiento. Las decisiones tomadas dentro de instituciones financieras hoy determinarán las condiciones en las que vivan millones de personas mañana. Eso debería pesar enormemente en todos nosotros.

Por último, ¿qué les diría a otros inversores?

Harper: Que la mayordomía significa muy poco si nunca cuesta nada.

Si los inversores sólo están dispuestos a hablar cuando es cómodo, seguro para su reputación o conveniente desde el punto de vista comercial, entonces el mercado seguirá confundiendo relaciones públicas con responsabilidad.

Este momento exige valentía moral por parte de los inversores, los reguladores, la sociedad civil y las propias instituciones financieras.

Porque, en última instancia, no se trata simplemente de objetivos climáticos o de marcos para la divulgación de información. Se trata de qué clase de sistema económico estamos construyendo, y de si la dignidad humana, la justicia y la integridad de la creación forman verdaderamente parte de él, o sólo aparecen en los materiales de mercadotecnia.

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